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martes, 4 de septiembre de 2012

Abierto por reformas




Estoy aquí,
donde yo siempre estuve,
donde apenas hay sitio para mantenerse erguido.

La soledad es un farol certeramente apedreado:
sobre ella me apoyo.



En ti me quedo,
Ángel González



&



Retomo la vieja costumbre de escribir ahora que las glaciaciones estivales que dejaron maltrecho el corazón parecen alejarse hacia el oeste y el anticiclón promete tímidamente -con los labios apretados- que dejará vía libre a tiempos de serenas lluvias. Entre tanto, la actividad en las copas de los árboles no cesa: se preparan las hojas para recibir la llamada inexorable de la caducidad otoñal y andan atareadas tejiendo en sueños mantos que arropen soledades. Salen también las tintas y las savias de su escondrijo-refugio, aprovechando el caos reinante, para solidificarse en letras que templen las nervaduras y doten de sentido los limbos.  


Así vuelvo al té humeante y a la madera: porque no sé vivir sin el consuelo del azúcar avivándome el endocardio y la solidez del duramen afianzándome la incertidumbre. Casi sin quererlo, como escapa el suspiro después de las lágrimas que se desbordan o se intuye la verdad del esbozo de sonrisa que lucha por mantenernos erguidos encima de la cuerda floja.


Haciendo equilibrios tragicómicos en cada despertar.
Saltimbanqui con vértigo, podría rezar mi epitafio.



jueves, 25 de noviembre de 2010

Huyendo del frío




Éste es el único regalo que pediré en mi carta de este año. Un libro: Entre cartones de Raquel Bullón Acebes. La escribiré en un folio blanco, con pluma e ilusión. Tanta como la de la autora, mimando cada detalle y cuidando cada palabra. No llevo comisión, es sólo que me conmueve.


Tenía guardada una plantilla de esas que incluyen los folletos de juguetes en la contraportada, pero me quedé sin ella cuando en abril decidí dejarla cumplimentada en la mesa del despacho de mi Jefe de Servicio. Firmada, of course. Me pareció que ocho meses serían suficientes para que encontrara mi "regalo": manómetros, más de uno para todos. Pensé que quizá recurrir al humor surrealista podía lograr lo que no conseguí razonando, justificando e insistiendo hasta el hartazgo. Y funcionó. Me llevé la regañina de la Jefa de Enfermeras y, tras ella, el guiño pirata del jefazo omnipotente. Llegaron a buen puerto mis ansias y solté del amarre mis risas, no necesariamente en ese orden. Hay que arriesgar, no queda otra.


Querida Raquel: algún día tendré su libro entre mis manos y será mi ansiolítico de sábado noche. Gracias por el esfuerzo, por compartir quién es usted y por abrigar mi corazón ahora que llega el invierno.


Durmiendo entre cartones, Mrs. Nancy Botwin

martes, 26 de octubre de 2010

Coronitas de laureles



Querida Mrs. rkl,


Vaya por delante mi más sincero agradecimiento por este honor. Por el premio y por las palabras que tiene a bien dedicarme, tan cuidadas y elogiosas que me emocionan.


El carácter intimista de "Evita bailando con Freud" es más que obvio. Escribo sobre mi vida; acerca de aquello que -de un modo u otro- me sorprende, me alegra, me entristece, me conmueve, me mueve a la reflexión o me incita al cambio. Ese es el baile, público y sin máscaras. Hay quien prefiere salir a buscar caracoles en tardes de lluvia; yo me siento cómoda en esta suerte de psicoanálisis improvisado y compartido que me lleva al centro de la pista y me obliga a buscarme para no perder el norte.


Por este motivo, cumplo sólo en parte con las normas de aceptación y recogida del premio. No incluiré más recomendaciones que las que ya figuran en esta página. Leo sobre el papel, llámeme antigua. Vivo en bajito, Botellón en Tiffany's y Proscritos son excepciones que se han ganado su sitio por derecho propio. Los tres son un placer, cada uno en su estilo, y tienen algo en común: quienes escriben en ellos no saben de disfraces.


Cuidaré de Amigo-Invisible-con-Chaleco-Reflectante y de sus octubres, del mar y de las olas, de quienes se dejan caer por aquí -también de los que no salen a bailar- y de mi brújula. Siempre a punto el té verde y el tequila. El azúcar y la sal.


Un honor, sí. Y un placer, darling.


jueves, 7 de octubre de 2010

Dust in the wind?



Nunca resistí los 224 minutos de esta película. En ninguna de sus reposiciones. Me saltaba todos los llantos de Melania y las secuencias bélicas -ni la una ni las otras me hacen gracia-. A pesar de todo, tengo el recuerdo nítido de Scarlett confeccionando un vestido verde de terciopelo con unas cortinas, de su boca pegada a un frasco de colonia a falta de otros alcoholes y de ese bofetón más que merecido que se lleva Clark Gable.

La escena cumbre de Lo que el viento se llevó es la de la fotografía. La misma niña que maldice mientras le aprietan el corsé para que se luzca en el baile es la que, al final de esos 224 minutos de huracán asolador y convertida en mujer, toma con su mano la tierra, cierra el puño y lanza al aire su promesa con el cielo de testigo.


La vida viene como viene. Podemos añorar lo que el viento se llevó, podemos llorarlo, pero debemos seguir. El viento, antes o después, soplará a nuestro favor.


Ahora que la vida me sonríe, siento que no estoy tan lejos de Mrs. O'Hara. Tengo mi promesa, la firme intención de cumplirla y, disculpen la incorrección, un par de cojones.



P.D. Darling, my little darling, grite usted conmigo.