Estoy aquí,
donde yo siempre estuve,
donde apenas hay sitio para mantenerse erguido.
La soledad es un farol certeramente apedreado:
sobre ella me apoyo.
En ti me quedo,
Ángel González
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Retomo la vieja costumbre de escribir ahora que las glaciaciones estivales que dejaron maltrecho el corazón parecen alejarse hacia el oeste y el anticiclón promete tímidamente -con los labios apretados- que dejará vía libre a tiempos de serenas lluvias. Entre tanto, la actividad en las copas de los árboles no cesa: se preparan las hojas para recibir la llamada inexorable de la caducidad otoñal y andan atareadas tejiendo en sueños mantos que arropen soledades. Salen también las tintas y las savias de su escondrijo-refugio, aprovechando el caos reinante, para solidificarse en letras que templen las nervaduras y doten de sentido los limbos.
Así vuelvo al té humeante y a la madera: porque no sé vivir sin el consuelo del azúcar avivándome el endocardio y la solidez del duramen afianzándome la incertidumbre. Casi sin quererlo, como escapa el suspiro después de las lágrimas que se desbordan o se intuye la verdad del esbozo de sonrisa que lucha por mantenernos erguidos encima de la cuerda floja.
Haciendo equilibrios tragicómicos en cada despertar.
Saltimbanqui con vértigo, podría rezar mi epitafio.




