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jueves, 19 de julio de 2018

Sweetness (o el estúpido sentido de la decencia)






En el momento de amar, la cara se exalta,
 se transforma completamente (...)
 por el erotismo. 

Anaïs Nin, Diarios amorosos



&


Pienso en si debería echarle o no espinacas al puré de verduras, con la vana esperanza de que  algo así de mundano, rutinario y aburrido consiga frenarme. Sacarte de mí.  Mantenerme dry and clean. Pero vuelvo

a ti, 
a querer tenerte dentro
y me queman estas ganas 
de sexo a media jornada,
de sexo pasados los cuarenta; menos terso, más sucio. 

a ti 
y a esta emergencia de follarnos sin intercambiar una palabra.
Sudar, gemir, eyacular por los ojos.

a ti,
y a los planos de sexo furtivo atrapados a contraluz
a la sublime tentación de las drogas sin receta
al morbo pecaminoso del médico y  la enfermera.
Y a Micah penetrándonos de nuevo. Oral, vaginal, anal.  


Voy a ver cómo arreglo este desorden.


*** Sé que me cambia la voz cuando te canto. 



martes, 10 de mayo de 2011

Poética y p(r)olítica





Tus ojos
que están llenos de selvas y son un manifiesto,
desordenadamente
me hacen aventurero
y revolucionario.

 Luis G. Montero




 Él desdeñaba las romanzas de los tenores huecos. Yo rehusaba opinar sobre aquello que hacían llamar política y quemaba mis naves en la poética.

 Le descubrí en el número siete. 
 Candidato a la eterna primavera.
 Dispuesto a llenar de deseo los tranvías.  

 Inolvidables, nuestras revoluciones.


 Erecciones y utopías, Mrs. Nancy Botwin


lunes, 28 de marzo de 2011

Coagulación intralineal diseminada



Se conocen en un congreso, en el vestíbulo de un hotel, mientras esperan el autocar que los llevará, a ellos y a treinta y ocho cirujanos maxilofaciales más, de vida turística.


[...] Por la noche, cuando les proponen participar en cenas de cocina egipcia o en concursos de karaoke, buscan el modo de coincidir en la cafetería donde, entre risas y bebidas no alcohólicas, pierden la noción del tiempo hasta la hora de cerrar. Los síntomas, entonces, resultan incuestionables: el amor les estalla en la mirada, aunque lo desprecian con la madurez de quien ha decidido no tropezar dos veces en la misma piedra.


[...]Los besos y las caricias que intercambian en el ascensor no son la torpe expresión de unos debutantes sino los de una pareja experta. En el momento de desnudarse -el uno al otro, saboreando tanto el contenido como el ritual de abrir el envoltorio-, se miran con la voluntad de que ésta sea la primera, la única y la última vez: tres noches en una.


[...]Ninguno de los dos dormirá: pensarán el uno en el otro. Sabrán que las últimas horas no se parecen a otras emboscadas estrictamente sexuales.


[...]Durante unos segundos, sin embargo, les quedará la sombra de una duda atrapada en el subconsciente. La sospecha de que quizá hubiera merecido la pena arriesgarse y que, pese a las medidas de prevención desplegadas para evitar la dependencia de los sentimientos, pese a la estrategia de no dejarse embaucar por la lógica del amor, quizá habrían recogido, en resumidas cuentas, más beneficios que pérdidas.



La máscara mortuoria. Tres maneras de no decir te quiero.
La bicicleta estática, Sergi Pàmies.

&




Tres bailes de lujo en una única pista: dos agarraditos -con la vida y la muerte- y el de non suelto -con una servidora-. Sin vestidos de gala ni reverencias formales, terminan los pies doliendo. Los pasos se hacen imprecisos según avanza la noche. Se acaba el hielo antes que la noradrenalina y el trago presume de resaca a medio plazo.


Un trozo de tela blanco, otro azul, un cordón y dos trozos de plástico inflamable. Poderosas armas para sentirse seguro en la batalla; para mantener el equilibrio en la resbaladiza pista.


Una senda de huellas de hormigas, avanzando en hilera. La acidez de la saliva del primer despertar, tardío, al nuevo día. El no querer pensarlo y no saber dejar de hacerlo.


Contubernios a deshora, Mrs. Nancy Botwin


martes, 15 de marzo de 2011

Menudencias & aquiescencias



Me confunde un insomnio de conciliación que no sabe de lunas ni de soles. Aparece y resulta molesto, fin del cuento. Aprovecho para reconciliarme conmigo misma con la firme esperanza de acabar en la cama...


Me preocupa esta falta de humanidad que me hace sentir tragedias y catástrofes de impacto mundial con la frialdad de quien ve una película. Realidades paralelas pero lejanas. Sé que de ficción no tiene nada pero no es lo que me quita el sueño. Me argumento, es lo que tiene el soliloquio, que tal vez se deba al contacto directo con desgracias menos colectivas, diario y continuo. No estoy inmunizada al dolor ajeno; tengo un límite. Acaso no se trate de eso si no, más bien, de una sobredosificación de información efímera y absorbente; lo que hoy es primera plana internacional en una semana está en la papelera. No da tiempo a pensarlo en toda su magnitud.


Añado a los motivos para el desasosiego, toda vez comprobado que el pino puente no es una postura cómoda para quedarse frita, mis despertares de marmota herida. La metáfora, que presume de somnolencia y postración, se adapta como un guante a un reloj interno -el mío- en temporada de hibernación. El tazón del desayuno se colma a horas intempestivas con unas ojeras profundas salpicadas de briznas de rimmel y color de hiel. De la miel dan cuenta los metabolitos activos de un Borges resucitado de la mano de Mr. Fernández Mallo, quien parece haber disfrutado deshaciendo y rehaciendo un hacedor que promete jugar al desmayo neuronal. Hay que tenerlos cuadrados para reescribir a un genio, para idearlo y publicarlo. Cierta envidia insana me corroe, a qué negarlo.


Finalizo mi listado -breve, las sustancias hipnóticas empiezan a hacer efecto- con la mutación del terror en placer. Acostumbro a hacerlo para ensoñarme. Donosa y gentilmente, sustituyo los gritos en duchas de cortinillas mohosas por el silencio de la lluvia sobre los árboles. Porque el agua, queridos, es vida. Que se lo digan a los marineros. Y a las sirenas.


jueves, 24 de febrero de 2011

El sugus exterminador




Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.


Pandémica y celeste,
J. Gil de Biedma



A veces, conduzco nocturna y solitaria por carreteras desiertas buscando la complicidad de la luna tras el parabrisas. Me presto a su juego de escondites y melancolías para tomar primero Manhattan y escapar después far, far away. Siempre me pilla la huída con las mismas botas puestas y un cigarro encendido entre los labios. Se esfuma el rencor, si es que alguna vez lo hubo. Se consumen los reproches hasta quedar reducidos a cenizas. Disfruto del suspiro que acompaña a la última calada y levanto los ojos para seguir mi camino. Siempre hacia delante, dear NB.


A veces, el oso pardo -fiero y hambriento- que me guarda la cama lanza su gruñido rompiendo mi sueño como lo haría un cristal que estalla en la madrugada. Cubro su boca con mi mano y le dejo que practique la lectura. El plantígrado, avezado en quiromancia, rechaza su naturaleza omnívora y me deja abrazarle en silencio. Los dos preferimos no entrar en coloquios sobre lo jodido del trazado en según qué puntos del mapa. Nos quedamos dormidos. El sueña con la llegada del próximo invierno. Yo termino mis cuentas y empiezo mi cuento sabiendo que la prórroga es tiempo de descuento.


A veces, las palabras son condenadas a prisión por jueces implacables. El peso de una ley aquejada de obesidad mórbida aplasta a la poesía y su flaqueza. Comparten celda un "te" que perdió con la tilde su coartada y un "quiero" que no pudo a pesar de dejarse la vida en el empeño. Se tumban en sus catres y susurran planes de fuga.


A veces, y sólo a veces, la vida se me pega al cielo del paladar como un sugus exterminador.
No soy un caramelito en dulce.
No soy un ángel.

sábado, 20 de noviembre de 2010

El velo del murciélago





Escribir un poema se parece a un orgasmo:
mancha la tinta tanto como el semen,
empreña también más en ocasiones.


Tardes hay, sin embargo,
en las que manoseo las palabras,
muerdo sus senos y sus piernas ágiles,
les levanto las faldas con mis dedos,
las miro desde abajo, les hago lo de siempre
y, pese a todo, ved: ¡no pasa nada!


Lo expresaba muy bien Cesar Vallejo:
"Lo digo y no me corro".
Pero él disimulaba.


A veces, Ángel González



&


Pasaban las once de la noche cuando se arrodilló ante mí para anotar la petición en su libreta: "quiero un orgasmo, tráigalo sin prisa". Y lo trajo, calentito; él era el camarero, yo sólo pedí un postre.

Seguirán los cielos empalmados si bailan cada noche los murciélagos rozando con sus alas las estrellas. Dispuestos a dejar caer su velo, ahuyentando con su danza la ceguera.


Resbalando mi tinta, Mrs. Nancy Botwin.