Hay finales de traca, de barraca, de alharaca.
Hay finales que inZitan a volver al principio.
Una nunca sabe quién se esconde al otro lado, pero lo intuye.
No podrías decir si tu interlocutor vive más cerca del mar o de la montaña, si desayuna café solo, con leche o cereales. No podrías hacer un listado de sus rutinas diarias, ni dibujar a mano alzada un boceto de su rostro. Aún menos aventurar cuáles son sus más íntimos anhelos; pero, en el fondo de los fondos ultramarinos (donde no hay luz, escasea el oxígeno y no se entiende el concepto imagen) algo te hace pensar que tú y él nadáis moviendo las aletas al compás.
Ese meneito sincrónico caudal, ese revoltijo de pompas nada corrientes en torno a la escafandra, es un hilarante misterio. Adictivo y reconfortante.
Lo que empezó con una petición de consejo profesional sobre la vestimenta más apropiada para un evento de común unión, formal y nada apetecible, siguió con un vilipendioso calificativo a modo de respuesta: ordinaria. Desde ahí, curioso punto de partida, hicimos del orden fiesta y del insulto caricia retorcida. Ingenioso intercambio de improperios (los suyos siempre más todo que los míos) al compás de las mareas del alfabeto completo.
Este insultarnos ha sido un placer, querido SuperPazzos.
Sin ánimo de que los argentinos malinterpreten mis palabras (sabiéndonos gallegos todos) le digo por la presente que mi concha es su concha, que mi casa en su casa. Que aquí estoy para lo que usted mande y que esta respetuosa reverencia, que me descoyunta las corvas y el cayado aórtico, me nace del coraZón.










