Si la sopa quema y no se puede esperar sólo hay dos opciones: comérsela sabiendo que la lengua resultará achicharrada a pesar de los soplidos o no comérsela.
Lo primero parece de tontos, lo segundo también. Es entonces el deseo el que conduce al desastre, inexorablemente: la tentación del olor, del sabor, arrastra el paladar en gesto suicida hasta el incendio.
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