lunes, 29 de noviembre de 2010

Procacidades mimadas



Lo que me gusta de tu cuerpo...

Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo.
Lo que me gusta de tu sexo es la boca.
Lo que me gusta de tu boca es la lengua.
Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.


Papeles inesperados, Julio Cortázar


&



Mi cuerpo, hechuras de bailarina; uno sesenta y siete metros, con transbordo largo en el ombligo. Cincuenta mil gramos atrincherados, reticentes a la suma, dispuestos a la batalla.

Mi sexo, paraje profanado en vías de restauración; un pasadizo secreto de paredes almohadilladas y suelos húmedos, que huele a misterio y se repliega en sí mismo. Laberinto del tropiezo y del acierto.

Mi boca, balanza de miel y hiel; puerta giratoria con entrada a la dulce gloria y salida a la amargura. Recámara humeante de balas de fogueo; paso obligado, similar al canadiense, para cada suspiro ahogado; desván de los silencios, enredadera del alma.

Mi lengua, mapa del instinto indómito; la que contenerse no puede si siente que quiere, la que lame en suave caricia si decide salir de su guarida. Impúdica, incoercible, infatigable.

Mi palabra, principio y fin del abismo.


Jugando con nieve y fuego, Mrs. Nancy Botwin

sábado, 27 de noviembre de 2010

Sin té la tertulia





Pensamientos deslavazados llaman a la puerta en esta noche de sábado. ¿Se puede? Cómo decirles que no, pónganse cómodos. Si que se está calentito aquí, comentan. A mí me lo van a decir, me digo sin palabras. Les ofrezco algo de beber, se recuestan en el sofá y empieza la charla.


El primero en hablar, el más sociable y dicharachero, es el pensamiento irónicamente divertido: cuenta la historia de un guardia civil destinado en Bilbao que se enamoró de una abertzale. Vaya papeleta. Discutimos acerca de los principios éticos que rigen en el amor, de las escasas vías de escape cuando se cae en sus redes. Entre risas y colores incipientes en las mejillas, destronando la palidez violácea que le pone cara a los 4ºC de este otoño, me arranco con un nuevo concepto: amortzale. Ni siquiera sé bien qué significa, pero suena tremendamente poético y encierra un poso de lucha a corazón abierto.


Más tarde, hilándose palabras y emociones, es el pensamiento agorero el que interviene. La mirada triste y descreída, ligeramente angustiada. Se justifica innecesariamente por venir a colación. Oigo palabras sueltas que no termino de comprender: escucho que cuenta algo de Corea del Norte. Después se detiene en "el paso de la oca", que nada tiene que ver con ir de puente a puente y sí con dejarse arrastrar por la corriente y esboza lo oscuro de "la marcha de las antorchas". Sobrecogedor; tanto como la clasificación de la población en ciudadanos ejemplares, oscilantes e incorregibles. Cuando al fin escucho la palabra gulag, empiezo a comprender que pertenecer a la brigada nº 1 de verduras no es ninguna bicoca. Cómo está el mundo, queridos...


Animados por saber que aún quedan reservas de vino, siguen comentando. Por mi parte, apuro la segunda copa y lío con solvencia dejando libre mi lengua para pegar hebra en lugar de goma arábiga. No tiene ninguna relación, pero llamó mi atención: el ánsar indio vuela a más de nueve mil metros, por encima del Everest -donde casi no hay oxígeno-, para migrar del Tibet a India. Enlazo sin ceder el paso en mi particular rotonda de neuronas y motoneuronas. El último hombre que puso su pecho desnudo en mi pecho, con un ímpetu colosal, declamaba mirándome a los ojos:

Si me quitas el oxígeno, moriré.
Si me quitas el ceodós, no podré respirar más.
Si detienes mi máquina de amar, pararás mi sangre.

Le doy a mi voz impostada un toque teatral, observo la ausencia de parpadeos y siento el silencio. No les dije, aclaro, que mi pecho no estaba desnudo, que lo que le estaba haciendo a ese hombre era literalmente un placaje y que de placentero no tuvo nada. Nada salvo escucharle y desear que ese hombre fuese otro hombre, que no estuviera realmente loco y que, de darse las premisas anteriores, también mi pecho estuviese descubierto como el suyo.

Puesto que empiezo a ver miradas ausentes, melancolía y bostezos disimulados a duras penas, informo de las normas de la casa. Duerman donde puedan e intenten no roncar. Desde y hasta el momento que estimen oportuno. Quédense con lo poético, les digo. El resto no lo podemos cambiar, hay que vivir con ello. Y sin ellos, ninguno, me voy a la cama. Me abrazo a la ausencia que duerme a mi lado y, juntos, reinventamos el poema: golpe a golpe, verso a verso, beso a beso.


Un guiño para quien sepa leer entre líneas. Sensual y descarado.


viernes, 26 de noviembre de 2010

Lavanda & Sacher




Este diálogo, por más que conversen tres personas, merece ser leído. Sé que es largo; recomiendo a quien empiece que siga hasta el final. Siempre me pareció una maravilla, espero lo disfruten.


Carlos y Fernando entran en la biblioteca y se fijan en un letrero sobre el mostrador: Tutti Tudela.

[Fernando]: (Tose)

[Tutti]: (Estaba de espaldas, buscando algo en una estantería. Se vuelve hacia Fernando) Acompáñenme, les voy a hacer unas fotocopias. (Los tres avanzan por un pasillo) Les voy a dar una tarjeta mía para que la entreguen a Suárez Vela. Tiene una plantación de lavanda inglesa, pero ya no la explota. Se compró una bodega en Mendoza; el vino es mejor negocio. Igual le va a tener que pelear el precio porque es muy agarrado... Yo lo conozco muy bien. Es mi ex marido.

[Carlos]: ¿Por qué le dicen Tutti?

[Tutti]: No. No me “dicen”, me llamo así... En Uruguay no tenemos nombres prohibidos como ustedes (dice con retintín).

[Carlos]: Yo tengo un amigo que le pusieron Peñarol.

[Tutti]: Yo soy Tutti porque a mi mamá le gustaba mucho la música clásica (dice, dirigiéndose a Fernando, aunque éste no ha cruzado aún palabra con ella). Lo que más le gustaba, le enloquecía, eran los ‘tutti’ de las orquestas, cuando tocan todos al mismo tiempo y a todo trapo (Fernando asiente). Nací sin avisar y mi mamá estaba sola, y se puso nerviosa cuando le preguntaron qué nombre me quería poner... y le salió “Tutti”. Y después mi padre la quería matar, pero ya estaba puesto. (Carlos y Fernando se ríen).

[Fernando]: Es muy simpático.

[Carlos]: ¡Le va muy bien!

[Tutti]: (Tutti vuelve al tema que les ha reunido) Aunque la esencia de lavanda sea muy buena, siempre conviene mezclarla con partes mínimas de otros aceites, porque eso es lo que le da potencia. Tengo un libro de química industrial donde está todo muy bien explicado. Se lo puedo prestar, pero con la condición de que me lo devuelva (hay un cierto coqueteo en la mirada de ella)... porque no es mío, es del instituto.

[Fernando]: Muchas gracias. Tomo nota de lo que me sirve y se lo traigo. Y si hay algo que no entiendo, le pregunto. Veo que usted sabe mucho de perfumes.

[Tutti]: Sí... casi tanto como usted de mujeres (dice, sonriendo).

(Fernando se queda perplejo ante el comentario de Tutti, y ella se explica)

[Tutti]: Con una sola mirada, muy discreta, me examinó de arriba a abajo, y creo que no le pareció nada mal lo que veía. ¿Me equivoco?

[Fernando]: (sonríe) O usted es muy sabia o mi mirada está perdiendo la discreción. Tal vez porque no esperaba encontrarme con alguien que despertara en mí un inequívoco sentimiento de lujuria.

[Tutti]: Usted también es una presa que una mujer sin prejuicios estaría muy dispuesta a conquistar...

[Carlos]: (en tono irónico) Si quieren sigo yo con las fotocopias y ustedes se van a tomar un café o algo...

[Tutti]: A mí me quedan unos cuantos prejuicios... Este momento no debe pasar de ser un intercambio muy agradable de elogios eróticos. Puro coqueteo entre dos personas con mucha experiencia.

[Fernando]: Experiencia no implica conocimiento... (negando con la cabeza) Yo no sé nada de mujeres.

[Tutti]: Y eso es una mentira elegante... Un caballero no habla de ciertas cosas.

[Fernando]: Las pocas mujeres que conocí en mi vida, las admiré, las observé, intenté descifrarlas... Nunca dejaron de ser un misterio. Nunca dejaron de sorprenderme. Pero lo único importante es disfrutar de su presencia. (Tutti se derrite) No me di cuenta enseguida, pero... un tiempito después aprendí a escucharlas, a valorar los silencios, las miradas; esos momentos en los que parece que no pasa nada y pasa un mundo... Aprendí a respetar su intuición, su inteligencia... y aprendí a amarlas.

[Tutti]: (muy impresionada por el discurso de Fernando) Le quiero advertir que el nivel de mis defensas está bajando peligrosamente... No se pueden decir esas cosas así, como si nada.

[Carlos]: Yo me voy... espero en el coche.

[Fernando]: (deteniendo con la mirada a Carlos, se dirige a Tutti) Llevo cuarenta años casado con la misma mujer, y le soy fiel.

[Tutti]: No soy chismosa. No es necesario que me mienta.

[Fernando]: No le estoy mintiendo. Nunca me obligué a serle fiel a mi mujer. No es una norma o ‘pacto’ a respetar. Con Lili, con mi mujer, siempre dijimos que, si alguien se cruza con alguno de los dos... mala suerte. Pero sin mentiras. Estamos juntos porque queremos, nadie nos obliga. Nos obliga a ser leales... Ninguna de las mujeres que conocí después de Lili le puede ganar... Las miro, las puedo admirar; me puede asombrar encontrarme a alguien como Tutti Tudela, porque yo estoy abierto a lo que sea, a lo que pueda pasar... Pero no hay caso. (sonríe, casi con resignación) Lili Gana. Lili ganará siempre.

[Tutti]: (visiblemente emocionada) Tengo la sensación de que, cuando habla de mujeres, está hablando de una sola mujer.

[Fernando]: (entre un pequeño ataque de tos) Sí... puede ser, sí.

[Carlos]: Debo advertirle, mi querida Tutti, que el discurso de mi amigo es una gran mentira, (Tutti mira, seria, a Fernando) magistralmente armada para seducir mujeres hermosas como usted.

[Tutti]: (dirigiéndose a Fernando) Me gustaría mucho conocer a su mujer. Quiero dejar de ser discreta por una sola vez y contarle todo lo que usted me dijo... ¿Ella lo sabe?

[Fernando]: (pensativo) No... Nunca se lo dije, pero Lili... Qué se yo... Nunca se le escapa nada.

[Tutti]: Dígaselo.

[Fernando]: No sé si puedo... Por ahí... se lo escribo...

[Tutti]: Eso también estaría bien. Pero hágalo pronto... Esa mujer no se merece que la hagan esperar tanto.


Lugares Comunes, dirigida por Adolfo Aristarain en 2002.


jueves, 25 de noviembre de 2010

Huyendo del frío




Éste es el único regalo que pediré en mi carta de este año. Un libro: Entre cartones de Raquel Bullón Acebes. La escribiré en un folio blanco, con pluma e ilusión. Tanta como la de la autora, mimando cada detalle y cuidando cada palabra. No llevo comisión, es sólo que me conmueve.


Tenía guardada una plantilla de esas que incluyen los folletos de juguetes en la contraportada, pero me quedé sin ella cuando en abril decidí dejarla cumplimentada en la mesa del despacho de mi Jefe de Servicio. Firmada, of course. Me pareció que ocho meses serían suficientes para que encontrara mi "regalo": manómetros, más de uno para todos. Pensé que quizá recurrir al humor surrealista podía lograr lo que no conseguí razonando, justificando e insistiendo hasta el hartazgo. Y funcionó. Me llevé la regañina de la Jefa de Enfermeras y, tras ella, el guiño pirata del jefazo omnipotente. Llegaron a buen puerto mis ansias y solté del amarre mis risas, no necesariamente en ese orden. Hay que arriesgar, no queda otra.


Querida Raquel: algún día tendré su libro entre mis manos y será mi ansiolítico de sábado noche. Gracias por el esfuerzo, por compartir quién es usted y por abrigar mi corazón ahora que llega el invierno.


Durmiendo entre cartones, Mrs. Nancy Botwin

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Látex por los suelos




Érase una vez una rata que entró en una peluquería...


Diecisiete centímetros de cuerpo seguidos de veinte de cola y una aventura a su medida, al amparo del destino.

Se jugaba un escobazo en la cabeza. Traumatismo craneoencefálico ratonil severo: al hoyo.

Tal vez fenecer ahogada en el lavabo a manos de una aprendiz de estilista con fobia a los roedores, empeñada en lavar sin miramientos todo su pelo en conjunto. Mejor por partes, por experiencia: especial atención a los delicados bigotes.

Si lograba pasar inadvertida para el común de los humanos, era probable que encontrase los ojos fijos del gato de la Sra. Begoodíes. Siempre el pelo sedoso y limpio, cuidado. Qué ganas de ponerle el cascabel aún a riesgo de llevarse un arañazo...

Pero le pudo un pecaminoso instinto diferente a la lujuria: debajo del carrito de las mechas, con sus platas, estaba su droga. Oscuro objeto de deseo. Se reconocía adicta a los rizos con sabor a queso.


Para Jarita, por su frescura y sus ganas de jarana. Aceptado el duelo.


domingo, 21 de noviembre de 2010

¿Sin relojes?





Sunday (Times),

08:25 Me visto. Vaqueros, botas rojas de agua, camiseta blanca, trenca azul marino. No me quito las medias de compresión. Cierro la taquilla, echo a lavar el uniforme, me despido.

08:30 Salgo a la calle: buenos días aire libre, qué frío. Calefacción y música altas, un cigarro. Antes de aparcar la noche y el coche paso por "Susi". Pan caliente y bollos recién hechos. Ascensor: vaya cara, le doy la espalda al espejo.

09:05 Casa. Al fin. Tiro la ropa en la mecedora, fuera medias. El pijama parece recién sacado del congelador. Un café descafeinado para entrar en calor y un cruasán frente al ordenador. Miro el blog, el "no blog", el correo y El País.

10:10 Cama. Dientes. Férula. Agua. Libro. Persiana hasta abajo. Luz de la mesilla. Despertador, 16:10 h.

15:55 ¿¿?? Domingo, saliente, casa. Mínima ubicación temporo-espacial. Así despierto habitualmente. Hambre. Comida de mamá (gracias). Sofá y TV: Harry Potter y no sé qué cuantitos. ¿Sueño otra vez? No, por favor, clemencia. Enumero en una lista lo que debería hacer si venzo la pereza. Domestic works, qué remedio.

17:00 Enciendo el ordenador. Sólo mirar una cosa.

17:30 Clic en suspender equipo. Qué ganas de tocar la guitarra.

18:20 Ya, no puedo retrasarlo más: lo de siempre y lo que todos. Limpiar suciedades de superficies diversas. Arreglar el desagüe del fregadero sin el título de fontanería. Doblar, guardar, tirar, ordenar. De fondo algo divertido: Los frenillos. Pop de los 80 que prohibirían en el 2010. Un poco de vidilla.

21:10 Relax. Aprobar al equipo después de "suspenderlo": contestar con gusto a los invitados al baile, retocar nuevas fotos (blanco y negro, sombras, realces, recortar, guardar, exportar), ver dos videos. Pasar por el no blog: tres minutos y apagar corriendo. Pases: 2.222, inquietante.


22:05 Escribir. Mezclar, liar, prender. Secuencia de por sí relajante. Pensar en acabar para darme una ducha. Agua templada en la piel. Desconectar. ¿Plan? Preparar la cena y dar cuenta de ella: pollo asado con limón, arroz, yogur y mandarina. Probar con la TV, a ver si hay algo interesante. Llamar por teléfono. Leer: último capítulo de La tía Mame, muy apetecible. Confiar en que no me den las cinco de la mañana despierta. Mañana debería madrugar (despertador a las 10:15 h). Sonreir, sabiendo que soñaré...



Diario de Botwin, Nancy.



sábado, 20 de noviembre de 2010

El velo del murciélago





Escribir un poema se parece a un orgasmo:
mancha la tinta tanto como el semen,
empreña también más en ocasiones.


Tardes hay, sin embargo,
en las que manoseo las palabras,
muerdo sus senos y sus piernas ágiles,
les levanto las faldas con mis dedos,
las miro desde abajo, les hago lo de siempre
y, pese a todo, ved: ¡no pasa nada!


Lo expresaba muy bien Cesar Vallejo:
"Lo digo y no me corro".
Pero él disimulaba.


A veces, Ángel González



&


Pasaban las once de la noche cuando se arrodilló ante mí para anotar la petición en su libreta: "quiero un orgasmo, tráigalo sin prisa". Y lo trajo, calentito; él era el camarero, yo sólo pedí un postre.

Seguirán los cielos empalmados si bailan cada noche los murciélagos rozando con sus alas las estrellas. Dispuestos a dejar caer su velo, ahuyentando con su danza la ceguera.


Resbalando mi tinta, Mrs. Nancy Botwin.

jueves, 18 de noviembre de 2010

De elipsis y sicalipsis



El día en que cambiaron las reglas del juego yo debía estar, como hoy, saliente de guardia; demasiado somnolienta y aturdida para aprenderlas. Me quedé en Sicilia, 1925, donde Las chicas de oro no necesitaban grandes escotes y tacones de vértigo para resultar atractivas. Es más, la mujer que hacía de ello su mejor arma entre aquellas cuatro damas, resultaba la más tonta y la menos deseable, al menos a mis ojos.


Sé que los tiempos han cambiado. Tanto, que una no puede definirse como sicalíptica y confiar en que alguien lea renunciando a la elipsis, sin confundir ni fragmentar. Tanto, lamentablemente, que hay que saber venderse y esperar al mejor postor.


¿Qué juego es éste?
¿Quién marca sus reglas?
Me siento zahorí buscando agua en el desierto; guerrera temerosa de quitarme el escudo y tener que parar las flechas directamente con mi pecho; sirena nadando al límite de sus fuerzas en un mar peligroso y abierto, atestado de tiburones y filibusteros.


Un hombre hecho y derecho, joder. Un marinero dispuesto a sacarme de esta isla o a perderse en ella conmigo. ¿Es pedir tanto? Supongo que sí; eso, como otras tantas cosas, ya no se estila. Cambiaron las reglas del juego, pero no va conmigo hacer trampas para ganar la partida.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Mi vergüenza torera





"En el toro hay que tener vergüenza torera:
antes que perderla,
prefiero tomar otro camino".


L. Mazantini


[[Aquel que con razones más que justificadas para aliviarse, intenta por todos los medios hacer las cosas bien -incluso arriesgando su propia vida- tiene vergüenza torera. ]]



No sé si la tengo o no.
Sé que toreo poco.
Que si decido salir a la plaza me juego la vida.
Sé a qué huele la muerte.
No es metáfora.


Mrs. N. Botwin

martes, 16 de noviembre de 2010

Será un placer...





Apresúrese pequeña, están todos esperando.
No se vista. Por esta vez nadie se sorprenderá de que se presente desnuda. Sé que no puede verme, apenas distingue aún claros y sombras. Tampoco entenderá el sentido último de mis palabras hasta dentro de muchos años. ¿Nadie le habló de mí en este tiempo? No importa; ahora tenemos que ocuparnos de usted y de su recién estrenada existencia.


Me presentaré, querida.
Soy Mrs. Nancy Botwin, su hada madrina. Encantada de su llegada y aliviada porque su primer respirar haya resultado sencillo. Deje que la acune entre mis brazos y quédese dormida. En lo sucesivo, tendrá que cerrar los ojos para encontrarme. No está de más que vaya practicando. No llore, le aseguro que es mucho más sencillo de lo que parece.


La misión que me ha sido encomendada es peliaguda. Debo velar porque la realidad que le rodea desde este momento no consuma su imaginación. Es por eso, precisamente, por lo que me colaré en sus sueños de puntillas. Sólo en su duermevela y en su plácido descanso le contaré lo que aprendí. Existen otros mundos, maravillosos, a los que viajaremos juntas. Espacios invisibles y secretos que harán de nuestra mutua compañía una delicia. Usted, dulce niña, lo lleva cosido en su nombre. No intente revolverse, le aseguro que también cosido al alma.



Le adelanto que tomaremos té en la merienda; ya no hay quien confeccione sombreros de fieltro pero sí quien inhale el mercurio de los termómetros, buscando que se desate la locura. Lucharé por protegerla del desencanto y el aburrimiento: conversaremos acerca de todo lo paradójico y pasearemos entre gatos de sonrisa amable. Es probable que en algún momento tengamos que desaparecer sin previo aviso: así se las gasta la malvada Reina de corazones. No se preocupe, el conejo blanco nos mostrará, siempre, el camino de regreso.


Que no le cuenten otros cuentos, usted ya tiene el suyo.
Sea bienvenida, entre besos, al país de los sueños.

Para Alicia.