domingo, 24 de abril de 2011

Suspiros de alfalfa




Después de haber comido entrambos doce nécoras,
alguien dijo a Pilatos:
-¿Y qué hacemos ahora?

Él vaciló un instante y respondía
(educado, distante, indiferente):
-Chico, tú haz lo que quieras.
Yo me lavo las manos.


Final conocido, Ángel González



Hay dilemas que no admiten balanzas: elija usted, acaso, entre operarse a corazón abierto y parado el Viernes Santo -con su olor a muerte impregnando las sábanas- o el Domingo de Resurrección - que irisa desde el alba la gloria del día-. No ha lugar.

Entre tanto, un caballo imaginando a Dios olisquea la palma de su mano en busca de las letras que antaño acompañaron  a Cervantes y a Shakespeare. Muestra así su querencia por las caballerizas y los caballeros que darían su reino por un galopar salvaje. Se relame con los terroncitos de azúcar del buen hacer de la prosa y del sufrir endulzado del iluso.  
 

El calendario, caprichoso, siembra espinas y confunde coronas redentoras con rosas literarias. La poesía, por su parte, se baña en almíbar de inmortalidad.


Suspiros de alfalfa, Mrs. Nancy Botwin


domingo, 17 de abril de 2011

Turbulencias dominicales






No es tu sexo lo que en tu sexo busco
sino ensuciar tu alma:
desflorar
con todo el barro de la vida
lo que aún no ha vivido.


 
El que no ve, L.M. Panero


&



No te asustes si ves que me comporto como un animal salvaje.

Si de pronto me crecen las uñas como garras afiladas e intento sacarte los ojos cuando tú sólo quieres contemplarme, como un niño bobo en el escaparate de una pastelería.
Si de mi boca brotan sapos, culebras y sanguijuelas, cuando tú sólo pretendes decir lo mucho que me quieres, sin siquiera saber lo que significa esa desazón que te sube por la garganta.
Si mi vientre de loba grita pidiendo sangre y enrojezco de pura rabia, no te vayas, no me temas, tan sólo...

... atácame por la espalda a traición.

Como un animal de presa, clávame los dientes en el cuello, inmovilizándome.
Cúbreme como a las fieras, antes de que ni siquiera pueda defenderme.
Átame a la cama, pégame, pellízcame, apriétame fuerte los brazos y los muslos si ofrezco la más mínima resistencia. Agárrame del pelo y llévate mi boca donde gustes, azótame como a una niña mala y descarga sobre mí toda tu rabia.

Lo merezco, me lo estaba buscando.

Dime después que lo sientes... que no querías ser tan brusco, que nunca volverá a pasar (mientras cruzas los dedos detrás de la espalda).
Verás que de repente puedo volverme tan pequeña y adorable, tan sumisa y complaciente.

Soy domesticable.

Hago pompas con saliva, Ana E. Pena.


&


Hojas de arce sonrojadas caen en la impostada primavera.
Se posan sobre el blanco de telas que queriendo ser sábanas, terminaron luciendo banderas de paz.

De Madrid a Québec, de este a oeste y en sentido acotado y reversible, se dibujan franjas rojas. Serán anastomosis lalerolaterales del cariño en el silencio. Palabras cosidas a la nada, bordadas con el hondo deseo de que, sean cuales sean las circunstancias, nos vaya bien bonito.

No lo hicimos tan mal después de todo, me digo en sinusal a 105 latidos por minuto.
Invisibles estos besos. Sentida esta reverencia en forma de despedida.  


El pasaporte de Leonard, Mrs. Nancy Botwin


viernes, 8 de abril de 2011

Paracaídas ausentes




El catecismo me enseñó, en la infancia, a hacer el bien por conveniencia y a no hacer el mal por miedo. Dios me ofrecía castigos y recompensas, me amenazaba con el infierno y me prometía el cielo; y yo temía y creía.


Han pasado los años. Yo ya no temo ni creo. Y en todo caso, pienso, si merezco ser asado en la parrilla, a eterno fuego lento, que así sea. Así me salvaré del purgatorio, que estará lleno de horribles turistas de la clase media; y al fin y al cabo se hará justicia.


Sinceramente: merecer, merezco. Nunca he matado a nadie, es verdad, pero ha sido por falta de coraje o de tiempo, y no por falta de ganas. No voy a misa los domingos, ni en fiestas de guardar. He codiciado a casi todas las mujeres de mis prójimos, salvo a las feas, y por tanto he violado, al menos en intención, la propiedad privada que Dios en persona sacralizó en las tablas de Moisés: No codiciarás a la mujer de tu prójimo, ni a su toro, ni a su asno... Y por si fuera poco, con premeditación y alevosía he cometido el acto del amor sin el noble propósito de reproducir la mano de obra. Yo bien sé que el pecado carnal está mal visto en el alto cielo; pero sospecho que Dios condena lo que ignora.



Teología 1, Eduardo Galeano



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¿Quién cuenta las nubes sabiamente y quién inclina los odres del cielo, cuando el polvo se funde en una masa y los terrones se pegan entre sí? ¿Cazas tú la presa para la leona y aplacas el hambre de sus cachorros, cuando se agazapan en sus guaridas y están al acecho en la espesura?


¿Has caminado por el fondo del océano?


Job, capítulo 38



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Esa noche me puse en sus manos: temblando sobre el suelo frío, desnuda ante mi miedo, perdida en su dictado. Traspasé mi propio límite, las fronteras intangibles de mi propia voluntad y mi conciencia, y me entregué a él. Sin palabras y en silencio.


El equilibrio es más que el estado de un cuerpo cuando fuerzas encontradas que obran en él se compensan destruyéndose mutuamente. Es la caída frustada y el ascenso ignorado. O ninguna de ellas. O ambas. O la duda inmisericorde devorándonos un anochecer cualquiera.



El pH de mis lágrimas, Mrs. Nancy Botwin



miércoles, 6 de abril de 2011

Réquiem por un lobo feroz




[...] Ya no es posible amar solo en febrero, ni al tuntún de la luna y las mareas. Si se apagan las velas, que se apaguen, si se mueren las rosas, que se mueran; si se pierde un guante, bien perdido está. Nada se parece a ti, y por tanto me parece conveniente no compararte con nada. Más que harto estaba ya de la traición gélida de los espejos. De la trampa y el cartón de los misterios y la coquetería boba de las leyendas, los laberintos, los crucigramas.

Sentado en la cocina y apoyada la espalda contra el frío real, me dispongo por fin a quererte, pero no como los niños, no con ese amor caprichosamente desesperado, no entre los tesoros que en realidad no tengo, sino en serio.

Con las palmas de las manos hacia arriba y los ojos bien abiertos.


Ray Loriga



&



El día que los tanatopractas decidieron especializarse en necropoética y los carniceros de la rima quisieron hacer su agosto en el mercado de la prosa, también sonó el despertador antes del alba.

Ella se levantó sin dar opción a la repetición cíclica de la alarma, desconectó el modo sueño y dejó que fuera él quien conectase la cafetera. Seguían las calles en su sitio, las farolas alumbrando y los semáforos deteniendo el tiempo. La década prodigiosa del libertinaje vespertino se consumió en el bostezo sumiso de la rutina matinal. Al unísono pronunciamos entonces un "buenos días" que encontró su corolario más amable en un "no digas tonterías".


Seis tequilas y un cuartito de limón, Mrs. Nancy Botwin