domingo, 14 de abril de 2013

Equilibrismo del tigre



“Posar el tigre tiene algo de total encuentro, de alineación frente a un absoluto; el equilibrio depende de tan poco y lo pagamos a un precio tan alto, que los breves instantes que siguen al posado y que deciden de su perfección nos arrebatan como de nosotros mismos, arrasan con la tigredad y la humanidad en un solo movimiento inmóvil que es vértigo, pausa y arribo.”


Julio Cortázar
[Historias de cronopios y de famas]


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 En todos estos años nunca estuvimos verdaderamente seguros de poder posar un tigre. Lo que para otros resultó desde siempre pan comido o gacela apresada, descuartizada y digerida sin mucho esfuerzo, a nosotros se nos volvió jodidamente trabajoso, inalcanzable. Lejana quimera de sangre y rugido atronándonos con su onda expansiva y pulsátil los adentros.

 Cuando hubo que probar, probamos. Los consejos del veterinario experto; los del domador de fama internacional; los del gurú hindú nacido y criado en Bengala. Llenamos la despensa de látigos de siete puntas, bellas palabras, pacíficos gestos y dardos precargados de xilacina-ketamina. El conjunto nos deparó la nada. Primero la relativa y de seguido la absoluta.

 Y a pesar de ello -por obstinación, imperativo natural y anhelo vital insatisfecho- no cejamos en el empeño. Cada tarde practicamos la cosa del equilibrismo durante treinta minutos de reloj sobre la cuerda floja vistiendo nuestros mejores calcetines de rayas. Antes de acostarnos, tras lavarnos los dientes, nos embadurnamos con bálsamo de tigre y en movimientos circulares las entrañas. Una vez inmersos en el sopor del duermevela, hacemos acopio de tesón y valor para internarnos en los bosques más densos y peligrosos en pijama, horadando en territorio ajeno un sendero transitable para la esperanza. 

 Porque un día, ya sea de estos o de aquellos, el tigre se decidirá a aproximarse, observar y olfatearnos. Quiera el cielo que en el momento de tan determinante encuentro, quede al fin convecido y elija posarse.


 

2 comentarios:

  1. En casa tengo una latita roja de bálsamo de tigre. Un masaje en la sien alivia de veras aunque en el fondo creo que es el Vicksvaporú de toda la vida en un tarro más chiquito y menos azul. Si el alcanfor mentolado falla siempre se puede recurrir al bálsamo de Fierabrás, al ungüento amarillo y si no queda más remedio, al linimento de Sloan. En cualquier caso, lubríquenseme bien no vayan a hacerse daño.
    No haber podido posar nunca un tigre forma parte de mis derrotas y, supongo. es la fuente de muchas de mis melancolías.

    14 besos festivos, no por republicanos menos reales.

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    1. Nuestros tigres. Sus rayas.
      La teoría de las almas abiertas en público.
      La contrateoría de los espacios íntimos respetados.
      El silencio cómodo: elocuencia de un sentir.
      La palabra no dicha: sustituta forzosa de este abrazo.




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