lunes, 17 de enero de 2011

Pompas de dragón (I)




Raíces de mandrágora
[Diario de un dragón poco convencional]




Tuve que pedir disculpas, no quedó otra opción. Después de pensarlo con calma, recapacitando, me di cuenta de que calcinar la epidermis de aquel turista alemán no fue una buena idea. Cierto que él ya había hecho lo propio exponiendo su mapa de pecas al sol de la isla, pero cambiar su rojo "carabinero cocido" por el negro grisáceo de los residuos de mi estornudo resultó poco elegante. Entoné el mea culpa y compré en el super Dino tres rollos de celulosa tamaño pancarta. Con los mil quinientos kilogramos bajo el ala derecha -no pedí bolsa- me acerqué a una óptica para resolver el problema originario. Necesitaba unas gafas que me libraran de aquellos flashes malditos. Hordas promiscuas de excursionistas se dejaban caer por mi resort, armando mucho ruido y trayéndome pocas nueces. Con lo que me gustan a mí las nueces, de siempre, especialmente la moscada por su alto contenido proteico y el regustín que deja en el paladar...



En noches de insomnio moldeé con lava muchas señales de advertencia prohibiendo el paso, aunque la que mejor me quedó, modestia aparte, fue la de vado permanente por entrada y salida de dragones. Las coloqué una mañana ventosa y tuve que ideármelas para que quedaran bien fijadas: recuerdo que añadí al pegamento ultrarrápido unas gotas de salfumán y esencia de ACME Glue. La mezcla perfecta e inquebrantable que garantizaba que los adictos al souvenir no pudieran arrancarlas y meterlas al bolso "por descuido". Ellos, el alemán y el resto de sus congéneres, hacían caso omiso de mis advertencias mientras yo me preguntaba si no habría en el mundo nada más interesante que fotografiar que mi jacuzzi de magma incandescente o mi horno subterráneo, tan rudimentario que sólo funcionaba en función calor convencional a 1.200ºC. Ni siquiera tenía grill de serie. También les resultaba fascinante mi tetera, que escondía en un agujero a 10 metros bajo tierra y hacía hervir el agua en dos segundos. Creo, sinceramente, que lo que tenían era envidia del aroma de mi té.


Lo que más me llamó la atención, desde el principio, fue que ninguno me saludara amablemente antes de cegarme con sus destellos fulgurantes. ¿Dónde quedaron las reglas más básicas de cortesía? Ni un hola dragón, buenas tardes. Ni un disculpe que le moleste. Ni un adiós de despedida. Menos aún un que le vaya bonito. Así que, cuando aquel tipo orondo que olía a frankfurt y a cebada fermentada puso al alcance de mi vista sus sandalias, con esos horrendos calcetines blancos, y quiso acercarse lo suficiente para acariciarme las escamas mientras reía con sonrisa idiota, tuve que darle su merecido. No estuvo bien, lo sé, pero no pude contenerme. Le estornudé en la cara con descaro. Aún ando arrepentido.


1 comentario:

  1. Querida Mrs. Botwin,

    Su poco convencional dragón debe comprender que los tiempos cambian. Escondidos tras unas lentes kilométricas y enfundados en sus equipaciones Quechua de amianto, esos condenados turistas no muestran respeto alguno por la fauna autóctona y lo mismo les da pisar las flores con zapatos de tacón de aguja que apartar a patadas a un elefante para retratarse, a ser posible a medio cuerpo, junto a la colosal montaña de residuos por el paquidermo depositada. Eso si, cuando llega San Antón, cientos de canes y sus homínidos esclavos guardan cola ante la pila bautismal. Espero que su dragón sepa adaptarse y aproveche las ventajas que el capitalismo puede aportarle a su vida. De entrada le aconsejo que revolotee sobre las terrazas de los restaurantes más concurridos en los alrededores de su morada y se lance, en plan Stuka, en busca de un buen trago de mojo picón rojo con el que darle una alegría al paladar.

    Suyo,
    un amigo de cuervos.

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