miércoles, 19 de enero de 2011

Pompas de dragón (II)



Home, sweet home

[Diario de un dragón poco convencional]



Tenía que volver al trabajo. Con hondo pesar bajé las persianas del resort, cerré las llaves del agua y de la luz y cubrí mi hamaca con unas sábanas harapientas que robé años atrás de un hotel de lujo. Con lágrimas en los ojos y escamas taciturnas, cerré puerta y candado y puse rumbo al aeropuerto. No tenía fuerzas para volar por mis propios medios. La amarga sensación de abandonar mi paradisiaco y volcánico escondrijo me dejó sumido en la tristeza.


Caminé pensativo en dirección noreste: llegué en tres pasos que hubiese preferido fueran trescientos y me dirigí al mostrador de facturación. Empezaron los problemas cuando la señorita que me atendió se negó a darme la tarjeta de embarque, alegando la prohibición de que viajaran animales en cabina. Me llevó un rato largo, unos sesenta y seis minutos para ser exactos, revisar con su ilustrísima la letra pequeña del contrato para que comprobara conmigo que en ningún sitio se hacía mención a dragones y sí a equipajes. Le demostré que mi mochila cabía perfectamente en el receptáculo limitador de marras y le rogué me diera asiento en ventanilla. Fue una suerte que al desmayarse pulsara con la nariz el intro del teclado. Sin dar opción a que se recuperara, rescaté de la impresora mi boarding pass y enfilé el largo pasillo hasta la puerta B-33. Destino Madrid.


Para endulzarme la vuelta a casa y sofocar el movimiento sísmico que provocaba mi borborigmo, compré en el Duty Free un quintal de chocolatinas -que ingerí en cero coma un segundos- y un librito de bolsillo que llevaba por título "El calvario del binario" y empezaba con unas líneas abiertas a la reflexión; "El veloz murciélago hindú comía feliz cardillo y kiwi. La cigüeña tocaba el saxofón detrás del palenque de paja." Pagué religiosamente, en efectivo, y tomé asiento junto al resto de viajeros. En mi bolsa de mano sólo llevaba una muda y el cepillo de dientes; eché en falta la lupa de siete mil aumentos que me permitía leer con comodidad y un jerseicito que echarme a los hombros. Tenía las escamas de punta y el cuerpo tan destemplado como el alma.


El embarque se demoró cerca de cuatro horas. Para cuando accedí a la aeronave, mi pesadumbre había trocado en ira contenida. Opto por omitir aquí la retahíla de improperios que me dedicó el personal auxiliar de cabina y los vituperios con que me obsequió el comandante antes de darme un ultimátum: si no bajaba inmediatamente del avión, aquel trozo de metal inmundo no despegaría nunca. Todo muy desagradable. Resumo diciendo que dos horas después pedí permiso a la torre de control para aterrizar en Barajas. Todo salió a pedir de boca. Aparqué el cacharro sin problemas, recogí la mochila del asiento del copiloto y encendí el teléfono móvil. Busqué en internet la receta más sabrosa para cocinar la pierna de dinosaurio que tenía congelada; de vuelta a casa.


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